domingo, 25 de noviembre de 2012

La combinación explosiva entre masoquismo y amor

Y sí, sé que os echáis a temblar cada vez que aparece la palabra "amor" en alguna de mis entradas, pero bueno... esta vez vengo en son de paz, simplemente quiero plantear un problema que sí, aunque muchos/as lo neguéis, es un PROBLEMA. Y lo pongo así, en mayúsculas y con todas las florituras posibles. Porque lo es, y punto. Antes de empezar...

Ironic mode: OFF (u ON, no lo sé exactamente...)
Bien, el otro día una conversación vía WhatsApp con una amiga me inspiró esta entrada de blog (¡gracias Montse!), porque considero que es probablemente uno de los mayores problemas que podamos abordar en nuestras vidas. Todo empieza en el momento en el que cabeza y corazón batallan por llevarse lo que yo llamo irónicamente "el premio gordo", o lo que otra persona en su sano juicio (o no) llamaría "tener más poder que el otro". Sí, hablo del efecto "no debo, pero le/la quiero y lo hago".

Aunque en su momento a esta amiga le hice la precisión refiriéndome solamente a las chicas, creo que, en ocasiones, los chicos también tenemos nuestra pequeña parte. Es a partir de entonces cuando mi cabecita inquieta se pone a pensar, a maquinar, a reflexionar, a entrar en un estado de incomprensión (referente a dicho tema) y más cosas que no entraré en detalles, y lanza al aire cuestiones como:
¿Por qué lo haces? ¿No te das cuenta que lo vas a pasar mal, que te la va a volver a jugar? ¿Para qué prolongar una agonía, un mal rato, un sinvivir? ¿Para qué perder más tiempo con él/ella, cuando podrías aprovecharlo con otra persona y ser realmente feliz?
La batería de preguntas da lugar a una multitud de respuestas posibles por pregunta que no podríamos abarcar con todo ello. Simplemente por eso, me intentaré aproximar a todas ellas tan sólo con una.

Retomamos la frase que dije unas líneas más arriba, en la que digo que todo empieza en el momento en el que cabeza y corazón batallan por llevarse lo que yo llamo irónicamente "el premio gordo". Efectivamente, muchas veces nos encontramos a disgusto con alguien, o simplemente la situación llega un punto en que se convierte en poco menos que insostenible. Y es cuando todo ser humano con dos dedos de frente empieza a plantearse cambios en su vida... unos cambios que sólo en el mejor de los casos (luego explicaré por qué hablo del mejor de los casos) se acabarán llevando a cabo. Cambios que consisten en apartar de tu vida, temporal o definitivamente, a esa persona, para poder llevar a cabo una recuperación parcial o total de la misma. Rehacer tu vida, empezar de 0, o simplemente, subsanar ese daño sufrido. Cambios que casi nunca se acaban haciendo...

... y hablo del mejor de los casos por lo siguiente. Creo honestamente que todos, a la mínima a la que sufriésemos un poco (no hablo de un enfadillo de 2 días, hablo de circunstancias más grandes, ergo, una infidelidad, un daño del tipo que sea), deberíamos mirar de reparar esas heridas. Esas heridas la primera vez (según las circunstancias) no duelen tanto, pero conforme las heridas se van repitiendo... no hace falta que siga, ¿no? Pues es justamente cuanto más daño acumulado se lleva, que cuesta más apartar a esta persona, rehacer tu vida y sobretodo... acabar compartiendo tu vida con otra persona. Puedes seguir, pero a la vez hacerte daño... puedes plantearte que quizá ahí afuera hay otras personas que, sin comerlo ni beberlo, se van a encontrar con la oportunidad de conocerte, y quién sabe... como dice una frase que leí hace no mucho en Twitter, "si fuiste feliz con la persona incorrecta, con la persona correcta imagínate cómo puede ser". Yo lo llamo optimizar el tiempo.

Abiertamente he de decirlo (porque si no lo digo, reviento): considero una pérdida completa y absoluta de tiempo alargar algo que sabes que no tiene futuro. Así pues, morimos de nuevo en la misma pregunta: ¿por qué no se aprovecha ese tiempo que estás perdiendo? Sencillo, por el corazón. Sí, ese maldito condenado* es quién nos inhibe de hacer todo aquello que pensamos, todo aquello que es lógico. Estamos mal con nuestra pareja... ¡y no dejamos la relación! ¿Por qué? (Os daría unos minutos para pensar la respuesta, pero esto es un blog, ¡no es ni TV ni radio!) Exacto, porque la queremos.

Pero ahora vamos a plantearlo desde el punto de vista egoísta. Sí, la queremos, pero debemos plantearnos una serie de cuestiones:
¿Realmente se preocupa por mí? Cuando hace todo lo que hace, ¿es consciente del daño que me hace? ¿Es reincidente esta conducta? ¿Quién puede mirar por mí mejor que yo?
Exacto,  nadie para cuidar de uno mismo como uno mismo. Es paradójico mirar más por la otra persona que por ti, cuando tú eres dueño de ti mismo. Entonces, si tú eres dueño de ti mismo, ¿por qué no te cuidas un poco más? Sabes que no estás bien, que necesitas abrirte al mundo (al primero que piense mal le parto las piernas, ¡estáis avisados!), entonces, ¿por qué no un cambio de aires? ¿Es que acaso eres masoquista y te gusta sufrir?

La respuesta a esta última pregunta, en el 95% de los casos, es un . A pesar de seguir sufriendo, se sigue estando con la misma persona, cuando hay miles que podrían hacerte feliz y no hacerte sufrir, que podrían darte una estabilidad completa y un estado de felicidad enorme. Pero como dicen que por amor se hacen locuras, ésta es una de ellas. Y he de decir que un sufrimiento por amor no es nada sano, ni para ti, ni para los que te rodean.

Y la respuesta que deberíamos darnos a nosotros mismos a la hora de plantear esta serie de preguntas debe ser una única: sí, queremos a esa persona, llevamos X tiempo con ella y se convierte en parte de nuestra vida... PERO más DEBEMOS querernos a nosotros mismos, más DEBEMOS cuidar de nosotros mismos que de cualquiera otra persona y más DEBEMOS preocuparnos de ser felices por nosotros mismos antes que depender de otros para serlo. Sólo así podemos evitar que el corazón gane siempre la partida, y sólo así podremos permitir a la cabeza que razone y valore las cosas antes de ejecutar ninguna acción.

Nosotros, y nadie más, somos dueños de nosotros mismos, de nuestros actos, nuestros estados de ánimo y nuestra felicidad. En nuestras manos, única y exclusivamente, está mantener un buen estado de ánimo, o dejar que éste lo maneje otra persona a su antojo.

Próximamente: Estado de la hiperfelicidad, capítulo 2.

Nota 1: (*) sustitúyase por el adjetivo que mejor lo describa para vosotros
Nota 2: no os asustéis, ¡no voy a partirle las piernas a nadie!